Caminábamos por las calles peatonales de Ámsterdam, rodeados por un enjambre de bicicletas, que parecían multiplicarse con la precisión de una colmena. Mi mujer avanzaba, con paso decidido, mientras yo discutía con el GPS del móvil.
De repente, el silencio de una calle tranquila me sorprendió. El bullicio se disolvió. Había entrado en un pasaje estrecho y silencioso, sin coches ni voces, sólo el timbre tímido de alguna bici lejana. Fue como acceder al modo avión urbano.
De pronto ¡plass!, una colleja en la nuca, seca, precisa, sin violencia, pero con mensaje, seguida de una voz latina:-¡Órale, no me sea mirón!. Levanté la mirada y ahí estaba: el famoso Barrio Rojo. Escaparates con luces tenues, cortinas rojas entreabiertas, profesionales en lencería que se maquillaban, sonreían y saludaban. Yo, con el móvil aún en la mano, intenté hacerme el turista confundido. Observaba con interés casi académico. Hasta que al fondo… la vi, con manos cruzadas y la ceja arqueada. Pensé: me cae una colleja mexicana versión 2.0. Al llegar a su altura, me suelta, irónica: ¿qué tal la paronámica?. Intenté salvar el pellejo: -Muy interesante desde el punto de vista profesional-.
-¿Profesional?-.
-Claro, esto es Revenue. Aquí se trabaja el valor percibido al detalle. Precios invisibles pero asumidos. Escaparates definidos-.
Ella me miró entre divertida y escéptica.
PD: no dormí en el sofá 🙂

