Cuando disparas a las uvas por culpa del ratón.
Mi abuelo cuidaba su parral como si fuera una catedral.
Cada racimo, una promesa.
Cada hoja, una caricia.
Cada brote, un suspiro de orgullo campesino.
Nosotros, sus nietos, podíamos hacer de todo, menos acercarnos a las uvas.
Ni fútbol; ni carreras; ni mirarlas con hambre… ni con amor.
Aquello era sagrado. Intocable. Como el mando a distancia en una final del Mundial.
Hasta que llegaron los ratones.
Y con ellos, mi abuelo comenzó a expresar el siguiente murmullo: -”se están comiendo lo nuestro”-. A continuación, probó de todo. Trampas, venenos, rezos y hasta hablarles bajito,
como si fueran votantes indecisos.
Una noche, con sus gafas de “culo de botella”, calzoncillos largos y escopeta sobre la mesa, soltó: -esta noche, que nadie salga al patio… o tendrá un problema conmigo-.
A las 3:30 sonaron los perdigonazos.
Amaneció sin rastro de ratones ni uvas.
Años cultivando racimos, siendo referentes turísticos y ahora, por un cabreo legítimo, estamos ventilando el parral a perdigonazos.
La turismofobia es eso: cuando disparas a las uvas por culpa del ratón.
Sí, el turismo tiene sombras. La vivienda también; pero ni la solución es quemarlo todo y luego buscar culpables entre los restos, ni llevar la escopeta cargada contra las uvas queriendo matar un ratón.
Que el murmullo no te impida distinguir, al ratón de la uva, tratando de culpar por necesidad emocional en vez de razonar sobre la cuestión real.

