Viajé a Viena esperando ver historia, palacios y óperas, pero lo que más llamó mi atención fue observar la limpieza del escenario urbano. En las calles no habían papeles ni colillas. Las papeleras estaban siempre a mano, discretas y nunca desbordadas. Las fachadas relucían, las ventanas reflejaban un cielo sin manchas y las personas recogían los desechos de los perros, con la misma naturalidad, con la que en otros lugares se evita hacerlo.
Realicé un trayecto turístico por las afueras, convencido de que lejos del centro, encontraría las grietas de la ciudad. Tomé un autobús hacia el extrarradio pero nada. Los jardines parecían peinados, las vallas recién pintadas y los bancos alineados con una geometría que rozaba lo monástico. Viena no ofrecía grietas sino continuidad y esa perfección, tan admirable como desconcertante, me sorprendió.
Así que entré en un café y me puse a investigar. Analicé métricas de población, procedencias, políticas sociales y poco a poco, fui tirando del hilo, mientras observaba las personas de mi alrededor. Entendí que Viena no era el resultado de una homogeneidad rígida, sino de una integración con cursos de alemán y clases sobre cultura austríaca. Es decir, que no se dejaba la inmigración al azar, habían filtros, requisitos, monitoreo y restricciones, que expresaban el respeto hacia la historia que pisaban todos los días.
Llegué a la conclusión de que Viena es imperial, no por nostalgia histórica, sino por la conciencia de grandeza que perdura en el lugar  y como de costumbre, lo relacioné con el Revenue Managment, que ordena el caos de los datos, con la precisión de un protocolo cortesano, para equilibrar el valor del imperio hotelero y la rentabilidad. En definitiva, una estructura que cuando funciona, parece invisible.