Durante siglos, el Faro de Orchilla, en la isla de El Hierro, fue visto como el extremo del mundo conocido. En los mapas de Claudio Ptolomeo, aquel punto marcaba el final de la tierra, un límite imaginario, que detenía la mirada de quienes observaban el océano.
La historia cambió cuando Cristóbal Colón cruzó el Atlántico y demostró la existencia de lugares desconocidos, superando el límite establecido. Con posterioridad, Fernando de Magallanes inició la primera circunnavegación de la Tierra y aunque murió en Filipinas, la expedición fue completada por Juan Sebastián Elcano en 1522. Descartada la idea del “extremo del mundo conocido”, Copérnico se atrevió a ir más allá, tanto, que el planeta dejó de ser el centro del universo y pasó a girar alrededor del Sol, recordándonos que los límites que creíamos absolutos eran, en realidad, puntos de vista.
El Faro de Orchilla me recordó que los horizontes se amplían cuando nos atrevemos a superar los límites mentales del RevPAR y del ADR, porque señoras y caballeros, también existen meridianos cero en el sector hotelero. La verdadera rentabilidad no siempre está en los indicadores que usamos para medir el rendimiento, sino en las perspectivas que todavía no nos atrevemos a explorar.

